El otro día fui a ver a los Distrito 14 a la sala Clamores en Madrid. Un concierto digamos íntimo.
Al día siguiente me tocó madrugar y mucho para cojer el tren rumbo de nuevo a Zaragoza. Llegúe destrozado al tren con la única esperanza de poder echar una cabezadita en ese corto recorrido.
Llegué con unos minutos de adelanto. Me tocó el asiento "A" que quiere decir que vas en fila de a uno sin nadie a tu lado. Pensé ¡de puta madre, nadie me molestará!. Sólo tenía una preocupación, no roncar. Estaba destrozado y me decía ¡a que le doy el viaje a alguien con mis ronquidos! Sólo un inciso, sólo ronco cuando estoy muy cansado o bebo más de la cuenta. Sólo se daba una condición, la primera.
Pues bien, pedí los cascos, me puse música clásica y pasó lo que no pensaba nunca que podía pasar.
Un señor, pinta de ejecutivillo resfriado se subía los mocos con una profusión espantosa. Tecleaba su ordenador como un cosaco, así que mientras machacaba las teclas y se subía sus mocos me jodía el viaje.
Llegué a mirarle de forma descarada y hasta dije una vez girandome a él esa expresión aragonesa ¡chicoooooooo!.
Nada el cabrón no se sonaba ni a la de tres. No debía tener pañuelo. Más tarde empezaron a sonar los móviles de los pasajeros: - Estoy en el Ave, Si se me va la cobertura es por los túneles, - Claro, una hora y media ¡que pasada! y demaás oseas. Todo el mundo hablando en voz alta y yo cagandome en los muertos del de el resfriado.

Ya nadie respeta el sueño de los justos. Cómo se echa de menos la época en que el hombre llevaba siempre un pañuelo de tela consigo.

¡Volverán las oscuras golondrinas!